Hoy en día, lo que hemos aprendido de PISA es que los líderes de aquellos sistemas donde se produce un mayor rendimiento educativo han convencido a sus ciudadanos para que realicen elecciones que valoren su educación, su futuro, más que el consumo inmediato.
Sin embargo, el hecho de dar un alto valor a la educación es solo parte de la ecuación. La otra es la creencia en las posibilidades con las que cuentan los estudiantes. En Japón, por ejemplo, los estudiantes no solo piensan que tienen control sobre su capacidad para lograr el éxito, sino que están preparados para hacer cualquier cosa para conseguirlo: el 84% dijo que no evitaban resolver problemas que entrañaran una cierta dificultad. En cambio, en España solo la mitad de ellos compartían esta opinión. El hecho de que los estudiantes de algunos países piensen que los logros educativos son, en su mayor parte, producto del trabajo y el esfuerzo, más que de una capacidad intelectual heredada, sugiere que la educación dentro de su contexto social puede suponer un hecho diferencial, puesto que inculca los valores que promueven el éxito educativo. En el pasado, los estudiantes con capacidades diferentes recibían una formación similar. En cambio, las escuelas de prestigio aprovechan la diversidad adoptando muy diversas prácticas metodológicas y son conscientes de que los alumnos ordinarios son poseedores de talentos extraordinarios personalizando la experiencia educativa.
Los sistemas educativos de alto rendimiento comparten también estándares claros y ambiciosos. Todos saben cuales son los requisitos mínimos para obtener una cualificación determinada. Y en ningún lugar la calidad del sistema educativo excede a la calidad de sus propios docentes. Estos sistemas educativos de calidad ponen especial atención en la selección y formación de su profesorado. Vigilan con especial atención el modo de mejorar el rendimiento profesional y cómo estructurar la remuneración de este colectivo. Les proporcionan un entorno propicio para el trabajo colaborativo, de manera que sean capaces de llevar a cabo buenas prácticas. Y cuando tienen que tomar decisiones sobre inversión, priorizan la calidad del profesorado sobre el número de alumnos por clase. Y, no menos importante, les proporcionan pasarelas inteligentes para que puedan prosperar en sus carreras profesionales.
En los sistemas educativos más burocráticos, se abandona a los docentes a su suerte y se les sobrecarga de normas y reglamentos sobre cómo enseñar. Los sistemas educativos de alto rendimiento establecen objetivos ambiciosos, tienen claro lo que los estudiantes son capaces de realizar y permiten a los centros y a los docentes hacerse una idea de lo que necesitan enseñar. El pasado se basaba en la sabiduría trasladada de profesor a estudiante, pero el éxito hoy en día se basa en la sabiduría generada por el propio usuario y en una mayor autonomía profesional dentro de una cultura colaborativa. Los centros de alto rendimiento han evolucionado desde el control administrativo y financiero hacia formas más profesionalizadas de organización de la gestión. Apoyan al profesorado para que desarrolle la innovación pedagógica, de cara a mejorar su competencia profesional y la de sus colegas, y a conseguir el desarrollo profesional que conduzca a prácticas educativas más fortalecidas.
El objetivo del pasado era la estandarización y la conformidad con la norma; en cambio, en el presente, los estudiantes brillantes permiten que los docentes sean imaginativos. En el pasado, el foco de las políticas educativas estaba centrado en proveer la educación necesaria. En cambio, en la actualidad, los mejores sistemas escolares se centran en resultados, pasando de una educación centrada en la burocracia a una que mira al profesor, a la escuela, creando redes para la innovación. Y por último, pero no por ello menos importante, los sistemas tienden a alinear la política y la práctica en todos los ámbitos, lo transforman en algo coherente en periodos de tiempo prolongados, hasta que constatan que se ha implementado de manera consistente.
Andreas Schleicher, subdirector de la OCDE para temas educativos
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