¿Qué es lo que falla en la educación española? El informa PISA apunta ya algunos de sus defectos fundamentales. El primero, que se ha apostado por la cantidad, no por la calidad. Muchos alumnos, pero poco preparados. Y la educación es precisamente preparación, instrucción, capacitación. Algo para lo que se necesita, por parte del alumno, esfuerzo, y por parte de la sociedad, estímulo. Dos cualidades que se han olvidado en escuelas e institutos españoles, donde ha venido imperando el mero pasar curso, incluso con un montón de asignaturas pendientes, y acabar como se pueda, con un título, y si no se conseguía, con un diploma. Ni siquiera en nuestras familias, a diferencia de en las orientales, existe esa preocupación, sino la contraria: que el chico o chica aprueben, no que sepan la asignatura. No siendo extraño el caso de las padres que protestan porque el profesor o profesora es «demasiado duro». Así no se forma a nadie, pues estudiar requiere un esfuerzo, pequeño o grande según la capacidad de cada alumno, pero esfuerzo siempre. Es verdad que, afortunadamente, ya no rige aquello de que «la letra con sangre entra». Pero sigue todavía en vigor que la letra entra con codos. Y lo que viene faltando a los alumnos españoles son codos. Un chico coreano dedica por término medio diez horas diarias al estudio. ¿Cuántas dedica el alumno español?
Pero es que hay más, o mejor dicho, menos. Los planes de estudio españoles, aparte de haber sido cambiados cada poco, lo que ha producido tal desbarajuste en la enseñanza que pocos han acabado sus estudios con los planes que empezaron, no se concentran en las disciplinas básicas de todas las demás —la lengua, las matemáticas, la ciencia—, sino que incluyen desde el judo a la historia o geografía regional, sin conexión con la española y no digamos ya la universal, algo que lobotomiza el saber del alumno. Por no hablar ya de esa asignatura de nueva planta, la «
educación para la ciudadanía», que tiene más de orientación ideológica, según el gobierno de turno, que de auténtica formación. La mejor educación para la ciudadanía es la que habilita al chico o chica para entender lo que lee y oye, para estar al tanto de los últimos avances de la ciencia, en la carrera acelerada que esta lleva, y para poder desenvolverse en el mundo abstracto de los números, que es el que rige hoy por todas partes. A ese tipo de ciudadanos es difícil engañarles. Tal vez por eso no se educa a los niños españoles para ello, sino que se les «
divierte» con toda clase de actividades periféricas. El simple hecho de que el estudio del español no sea el eje del entero sistema de enseñanza, ya que quien no lo domine no podrá dominar el resto, es la mejor prueba de ello. Dejando aparte las comunidades en las que incluso se le restringe. Cuando, miren ustedes por dónde, más de la mitad de los alumnos norteamericanos de segunda enseñanza que por obligación estudian una segunda lengua eligen la nuestra.

Para ir resumiendo, en escuelas e institutos españoles no se apuesta por la excelencia, sino por la mediocridad, sin promover el nivel de exigencia y respeto a los profesores, elementos imprescindibles para una formación integral. No hace falta esperar al futuro para comprobar los resultados, los estamos ya sufriendo: en estos momentos hay en España 700.000 jóvenes de menos de 34 años sin estudios ni trabajo, resultado de uno de los abandonos escolares mayores de Europa. Todos ellos van a tener enormes dificultades en encontrar empleo por su escasa o nula formación. Únanse a los que el mercado laboral expulsa a consecuencia de la crisis y tendrán el panorama. Es la consecuencia de que aquella filosofía, por llamarla de algún modo, que condenaba los exámenes, minimizaba los suspensos y defendía una «educación creativa», consistente en que cada alumno pudiera, con el pretexto de expandir la creatividad, hacer lo que le diera la gana. O que pudiera estudiar con el ordenador o incluso la tele encendidos.
Como la crisis en el plano económico, el informe PISA nos advierte de que errábamos en el terreno educativo. La naturaleza nos hace iguales, a hombres y países, pero la educación nos diferencia luego, más cultos o menos cultos, más ricos y más pobres. A no ser que se piense, como han creído muchos en España últimamente, que la forma más rápida de hacerse rico es la política. «Quienes descuidan la educación de sus jóvenes —decía Eurípides— condenan a muerte su futuro». Eso por no hablar de que la educación no consiste solo en adquirir conocimientos, sino también en la formación del carácter, al coincidir, sobre todo la secundaria, con los años críticos de la adolescencia, cuando se forma aquel. Y precisamente la segunda enseñanza ha sido laminada en los planes de estudio españoles, haciendo avanzar la primaria y retroceder la superior, con el resultado de que los jóvenes pasan de la escuela a la Universidad sin casi intermedio. Así les va a ellos, y al país. Hay un proverbio chino, que ellos están aplicando, más antiguo aún que el de Eurípides, que dice: «Las escuelas de un país son su futuro en miniatura».
José María Carrascal, periodista (ABC, 16/12/10)